domingo, 5 de abril de 2026

TRADICIÓN SEMANA SANTA: LOS PRIMEROS PASOS

En la Jerusalén del Imperio romano se llevaban a cabo procesiones devocionales por la propia disposición de la ciudad. 
Las celebraciones de Semana Santa obligaban a ir de un escenario a otro para recrear los hechos narrados en los evangelios, por lo que convertir estos continuos traslados en una procesión litúrgica se convirtió en una forma de hacer de la necesidad virtud.
En el resto del orbe cristiano esto no era preciso ya que allí no existía la necesidad (ni tampoco la posibilidad) de trasladarse desde la Anástasis hasta el Monte de los Olivos o desde Getsemaní hasta la capilla del Cenáculo. 
La costumbre era realizar los ritos pascuales dentro de un mismo templo, sin procesiones.
Cuando se conocen testimonios como el de Egeria, muchas sedes episcopales decidieron imitar aquella liturgia "estacional" que se llevaba a cabo en Jerusalén. 
La Ciudad Santa debía ser un espejo en el que se miraran todas las naciones del mundo.
El historiador y catedrático Fernando Galtier Martí dedicó en el 2008 un interesante estudio a este fenómeno: "Los orígenes de la paraliturgia procesional de Semana Santa en Occidente". En él nos dice que ya en la España visigoda (507-711) se empezaron a celebrar procesiones en Domingo de Ramos muy parecidas a las que describe Egeria en sus cartas. En ellas se bendecían ramos y palmas y se cantaban himnos durante un recorrido que unía dos iglesias de alguna localidad que estuvieran cercanas. También se procesionaba el Viernes Santo imitando el modelo de Jerusalén. En la ciudad de Toledo era costumbre sacar un pedazo de la Vera Cruz (lignum crucis) en un relicario, y los fieles lo seguían caminando desde la catedral hasta la iglesia de la Santa Cruz.

Más tarde comienzan a aparecer testimonios escritos que hablan de procesiones en Domingo de Ramos efectuadas en el Imperio carolingio, en ciudades como Metz, Angers y Saint Riquier (localidad donde se produjo la primera procesión del Domingo de Resurrección en Occidente de la que se tiene constancia documental, a finales del siglo VIII).

Por esa fecha en Roma surgió la costumbre de que el Papa encabezara el Viernes Santo una procesión que unía la iglesia de San Juan Letrán con la de Santa Cruz de Jerusalén. 
Al pontífice lo acompañaba la curia y caminaba descalzo (igual que lo hacía el patriarca de Jerusalén), llevando a cuestas una reliquia de la Vera Cruz.
Queda demostrado entonces que entre el 700 y el 800 la liturgia procesional estaba ya muy enraizada en Occidente. Sin embargo, en estas procesiones aún faltaba un elemento básico: las imágenes.
Hasta el siglo X lo habitual en estos recorridos era portar cruces de guía, cirios o relicarios. 
En el estudio de Fernando Galtier nos cita un texto de la Vida de Ulrico, obispo de Aubsburgo escrito en el 973 y que dice así:
"Ulrico, tras cantar la misa de la Santa Trinidad, bendecía los ramos de palmas y otros arbustos, y con el Evangelio, las cruces y otras sagradas insignias, y con la imagen del Señor sentado sobre el asno, […] con gran esplendor procesionaba".

Este texto demuestra que a partir de estas fechas se empezó a buscar una mayor verosimilitud en las procesiones litúrgicas de Semana Santa añadiendo imágenes (tal vez iconos, tal vez pequeñas figuras) que ilustrasen los episodios de la Pasión. 
La idea era sentir de forma lo más literal posible, la presencia de Cristo en la celebración.

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