Ignacio de Loyola nunca trató la consolación y la desolación como sentimientos que hubiera que buscar o evitar.
Las trató como datos.
La consolación no era “me siento bien”.
La desolación no era “me siento mal”.
Eran señales que apuntaban hacia una dirección.
Este movimiento
- ¿te lleva a amar más, elegir y comprometerte?
- ¿O te estrecha, te vuelve reactivo, te cierra o agita?
En la espiritualidad ignaciana, la pregunta no es: "¿Qué intensidad tiene esta experiencia?"
La pregunta es:
"¿A dónde me conduce con el paso del tiempo?"
Por eso, una decisión tomada con paz puede ser errónea.
Y una elección incómoda puede ser buena.
Ignacio partía de esta convicción:
Si no aprendes a leer tus movimientos interiores, algo —o alguien— decidirá por ti.
La consolación y la desolación no son veredictos. Son información.
Y el discernimiento comienza cuando empiezas a escucharlas.
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